28Cuando Jesús terminó estas palabras, las multitudes se admiraban de su enseñanza; 29porque les enseñaba como uno que tiene autoridad, y no como sus escribas. (Mat 7:28). 

Henry Adams dijo: “El maestro deja una huella para la eternidad; nunca puede decir cuándo se detiene su influencia” por otro lado Gustav Jung expresó lo siguiente: “Uno recuerda con aprecio a sus maestros brillantes, pero con gratitud a aquellos que tocaron nuestros sentimientos”. Aunque estas palabras sin duda alguna fueron inspiradas por algún o algunos maestros que en su momento ambos tuvieron, si pensáramos en Jesús, ambas expresiones encajarían a la perfección también. ¿Por qué? 

Primero, porque Jesús es un Maestro que dejó una huella en sus discípulos para la eternidad. Sus palabras impactaron en sus primeros oyentes. El pasaje dice que estaban admirados de su doctrina. No habían escuchado nada igual antes. Su didáctica simple, su claridad y frescura, golpearon por completo la mente de aquellos que se encontraban ahí presentes. Pero además de ellos, en las mentes de quienes hemos leído y prestado atención a sus mensajes, el impacto no variado ni una milésima, siguen dejándonos boquiabiertos al mismo que tiempo que desafiados. No ha existido un maestro con tal impacto e influencia. Veintiún siglos después las enseñanzas de Jesús están vigentes. 

Segundo, porque Jesús tocó nuestros sentimientos. Y vaya que si lo hizo. Nunca un maestro le dio un vuelco por completo a nuestras emociones. Jesús en el Sermón del Monte, explicó la forma en que la Ley debía ser aplicada, la volvió practica más que metódica. Invitó a nuestro corazón a perdonar, a aceptar, a ser transparentes, a dejar la hipocresía, a tomar decisiones por encima de nuestros propios anhelos, a descubrir que nuestro corazón podría estar engañándonos, nos movió a tener misericordia de los desvalidos, a dejar de lado el orgullo y practicar la justicia por amor, en fin, con sus enseñanzas nos llevó a un nuevo orden de sentimientos que hoy siguen invitándonos a lo mismo. 

Tercero, porque Jesús habló con autoridad. Es decir, habló desde la experiencia personal. Enseñó lo que creyó. Lo que era. Lo que sentía y lo que vivía. El cumplía aquello que dice: “el que sabe hacer, sabe enseñar”. 

Pensemos: ¿Cuánto han influido las enseñanzas de Jesús en tu vida? ¿Cuánto de lo que Él enseñó ha trastocado tus sentimientos? ¿Muestras con tus hechos que Jesús es tu Maestro y tú su discípulo?

Espero que tu corazón sea buena tierra, para que esta Semilla de Fe germine, crezca sanamente y de fruto al ciento por uno. Si te gustó, dale me gusta, compártela y déjanos tus comentarios. Me despido como siempre diciendo, haz tú lo posible y deja que Dios haga lo imposible.

Semillas de Fe

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