Introducción

El primer empleo que tuve no solo sirvió para darme mi primera experiencia laboral, sino también para darme una lección que debí recibir en casa. El patrón que tuve en dicho trabajo no tenía muchas consideraciones conmigo. A él no le importaba mi titulo universitario, mis notas, nada. Él ejerció su papel de patrono con mucha dureza. Aunque tengo que decir que muchas de sus llamadas de atención no fueron por intransigencia de él sino por negligencia mía. Yo era impuntual en mis horarios, además de olvidadizo con las tareas del siguiente día, era desordenado con las directrices que debía darle a mis subalternos. En fin, era un mal trabajador. En su momento, yo me enojaba, refunfuñaba, murmuraba, renegaba de todo, porque sentía que él era injusto. Pensaba que no debía aguantar esa situación y tenia deseos de renunciar. Pero luego reflexioné en todo y entendí que yo era el que estaba mal. Comprendí que él en realidad tenía razón en el 95% de las cosas y agradecí mas bien porque él estaba siendo paciente conmigo y me estaba brindando mi primera oportunidad laboral. Gracias a su forma de ser tan dura, y tan frontal aprendí a trabajar. Mejoré en muchas áreas laborales. Aprendí a trabajar como era debido. Hoy lejos de tener resentimiento estoy agradecido.

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Dentro de mi reflexión en aquellos días llegué a una conclusión: “si mi padre me hubiera enseñado a trabajar con amor, no hubiera aprendido a hacerlo con dolor”. Suena poético, pero es una realidad. Hay enseñanzas que los padres deben darle a sus hijos con amor para que a futuro no tengan que aprenderlas en la vida con dolor. Vi hacia atrás y no recordaba muchos días en los cuales mis padres me asignaran tareas especificas y con las cuales fuera recompensado. Si no fui un mal estudiante y aparentemente eso era suficiente para ellos, pero no me recuerdo ayudando a sacar la basura, o barrer la casa, o trapear, o lavar los platos. No recuerdo ninguna exigencia de ese tipo. Las veces que intenté hacer algo con mi padre no soportaba que me hablara fuerte porque no le entendía y lo que hacía era renunciar. Así que no sabía trabajar. Por ello en esta primera oportunidad mi mejor salida era esa, renunciar. Solo que las circunstancias familiares y las necesidades económicas ya me condicionaban para hacerlo.

Negligencia parental

El punto que quiero tocar es ese principalmente: que los padres en nuestro afán de proteger a nuestros hijos por amor terminamos echándolos a perder. Si, leíste bien, nuestro amor de padres termina dañando a nuestros hijos. Nos volvemos tan consentidores que no les enseñamos cosas que aparentemente son simples pero que luego se vuelven importantes en la vida. No queremos ser duros con ellos, no deseamos ponerles reglas, evitamos que colaboren en casa, no les exigimos nada y por ende se crían a su placer y antojo. Hay personas que tienen una, o dos o hasta tres personas que los ayudan en los quehaceres de la casa, y con ello automáticamente impiden que sus hijos muevan un solo dedo. Pero veamos algunos de estos puntos por separado.

En cuanto a sus responsabilidades

Ciertamente nuestros hijos estudian (la gran mayoría) pero hasta en eso fallamos, porque son pocos los padres que dejamos que nuestros hijos hagan sus tareas solos mientras cursan los grados de primaria y secundaria. Les dejan fabricar un sistema solar, nuestros hijos se van a la cama y son los padres que están desvelándose haciéndoles los planetas, pintándoselos, ajustándoles cada uno en su lugar. La nota se la acreditan al niño pero el esfuerzo y el valor es de los padres. Más grandes, seguimos en el mismo plan, les dejan hacer algún tipo de trabajo como hornear un pastel, o tejer, o algo similar y ahí están las madrecitas tejiendo, horneando. Le dejan a los jóvenes hacer una estufa eléctrica (trabajo muy habitual de los colegios) y el que termina haciendo las conexiones es su papá mientras el joven anda en la calle con sus amigos. No les permitimos que ellos se desarrollen. Les hacemos el trabajo que les corresponde a ellos. Somos negligentes porque no les dejamos que ellos cumplan con sus responsabilidades.

No pensamos que a futuro nadie hará el trabajo que les corresponde. Por eso nuestros hijos no aprenden a trabajar porque no les enseñamos. No les asignamos tareas para responsabilizarlos.

Les evitamos que hagan algo aunque sea muy básico en casa. Piensen que al ser así de negligentes los dañamos, si reflexionas cuando no estés con tus hijos: Nadie irá a redactar la carta que la hija secretaria debe hacer. Ningún padre irá hacer la cirugía que le corresponde a su hijo (a menos que sea medico también… jeje). Ninguna madre o padre de familia irá a examinarse en la universidad por sus hijos. Es algo que deben resolver ellos mismos.

Esa es una de las razones por las cuales cuando entran a la universidad nuestros hijos fallan, porque no aprendieron a resolver esos problemas solos. Siempre estuvieron los padres haciéndoles las tareas que les competía a ellos. Aclaro, no estoy diciendo que no debemos apoyarlos. Ciertamente esa es nuestra función primordial, servir de apoyo y guía pero no ser sustitutos de sus responsabilidades. Tenemos que enseñarles a que cumplan con lo que a ellos les corresponde.

            En cuanto a la resolución de conflictos

Otro punto clave es Cuando tienen un problema muchas veces los aislamos, no dejamos que ellos aprendan a resolverlos solos. No entendemos que con toda esa sobre protección lo que estamos es atrofiándolos para sus desenvolvimiento futuro. Cuando tenemos un problema a quien recurrimos primero, a nuestros padres. Pero nuestros padres y nosotros ahora como padres debemos enseñarle a nuestros hijos a enfrentar sus dificultades. De nuevo es importante que nuestros hijos sientan apoyo en nosotros, que tengan la confianza para contarnos lo que sucede pero nuestra labor es solo aconsejar, orientar, pero no resolver todo. Ya me imagino yo llamando a mi madre o mi padre para que fueran hablar con mi patrón para que no me regañara por mis faltas. Definitivamente no, pero, cuando le conté a mi papá lo que sucedía me aconsejó que fuera mas cuidadoso, que apuntara las directrices, que procurara salir mas temprano para no ser impuntual. Pero no fue a hablar con él para que no me regañara. Nuestros hijos deben aprender a asumir sus responsabilidades. Si fallaron pues entonces no podemos evitarles las consecuencias sino apoyarlos para que las asuman.

Les cuento una anécdota más de mi experiencia personal. En cierta ocasión junto a dos amigos mas le mentimos al papá de uno de ellos respecto a un viaje que queríamos hacer. Nosotros deseábamos irnos en carro a otra ciudad pero sabíamos que no nos darían el carro para hacerlo entonces le mentimos a don Mingo diciéndole (el padre de mi amigo) que mi papá manejaría. Sabíamos que solo de esa manera obtendríamos el carro. Todo iba bien hasta que al volver tuvimos un accidente. Y todos se dieron cuenta que mi papá ni enterado estaba. Tuve que ir a pararme frente a don Mingo y ofrecerle una disculpa. No fue mi papá el que se disculpó sino que me obligó a que lo hiciera yo. Pero no siempre los padres son así. Hay padres que terminan pagando las fallas de sus hijos. Asumen la responsabilidad para que ellos no sufran. Pero eso lejos de ayudar los perjudica. El papá de un amigo terminó pagando la deuda de su hijo. El muchacho robó en su trabajo una suma aunque no era tan grande pero fue suficiente para que lo despidieran. No lo metían a la cárcel si pagaba lo robado. El hijo se disfrutó el dinero mientras su papá estaba matándose para juntar la plata.

En el siguiente articulo veremos el aspecto de las finanzas y las complacencias a nuestros hijos. Mientras tanto haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible. 

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