INTRODUCCION

Desesperación y frustración son dos de los sentimientos que experimenté cierto día que vi manchada mi camisa favorita. Me encantaba mi camisa, pero un día sin darme cuenta me había salpicado grasa. La remojé, le apliqué varios detergentes, hasta los que según los anuncios eran ideales para ese tipo de manchas. Con el paso del tiempo lo único que conseguí fue echar a perder mi camisa. Tanto restregarla hizo que se rompiera. Quizás pude optar por no lavarla tanto y me hubiera hecho a la idea de usarla aunque fuera manchada. Sin embargo no me logré hacer a la idea de cargarla así. Aunque la mancha no era tan obvia para todos los demás yo sabía que estaba manchada y eso era suficiente para mí. Yo sabía que estaba manchada y no me sentía cómodo.

LAS OFRENDAS QUE DIOS DEMANDA

Estamos creados a imagen y semejanza de Dios lo cual indica que en gran medida reaccionamos de la misma manera que Dios lo hace. A Él, al igual que a nosotros no nos gustan que las cosas estén sucias. Siempre exigió que cada ofrenda que se le entregara fuera limpia, sin defecto, irreprensible. Le 22:20 dice: “ninguna cosa en que haya defecto ofreceréis, porque no será acepto para vosotros”. No importa cuan valiosa creyera el pueblo de Dios que era la ofrenda que le presentaran, no tenía ningún valor delante de Él si poseía algún defecto. Fueran ofrendas vacunas, ovinas, aviares o de cereales, debían ser perfectas. Dios no recibiría jamás nada que tuviera defectos. Si tenía enfermedad o algún defecto físico debía desecharse. Las ofrendas puras, irreprensibles, servía para la expiación de los pecados tanto del pueblo como del Sumo Sacerdote, quien siendo humano necesitaba purificarse a sí mismo antes de interceder para la purificación de los demás. El sistema sacrificial era estricto, no admitía concesiones en este sentido. Si ofrendabas a Dios debías ser lo mejor. No podías tratar de burlarte de Él ofrendando algo que no fuera perfecto. Por otro lado, tampoco el encargado de servir en el tabernáculo o el templo posteriormente, debía ser una persona impura. Con defectos, o sucio. Si era cojo, o manco, o tuerto, o con defectos en sus genitales no podía servir bajo ninguna manera (Cp. Lev. 21; Dt 23). Así de demandante era exigencia divina.

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JESUS ES LA OFRENDA PERFECTA

Lejos estaríamos si creyésemos que Dios solo busca satisfacer caprichosamente a través de las exigencias a sus hijos. Dios estaba tratando de enseñarnos (1) que ningún animal ofrecido por mejor cuidado que estuviera, era suficiente para expiar los pecados de ninguna persona. Se ofrecía pero nadie era limpio para siempre. (2) También podemos aprender que quienes intercedían delante de Dios también eran limitados. No podía presentarse delante de Dios de forma integra. Ni la ofrenda, ni el ofrendante eran suficientes para expiar la ira de Dios por causa del pecado. Juan el Bautista cuando vio a Jesús exclamó: “He ahí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1:29), en otras palabras le estaba diciendo a la multitud presente: ese hombre que ven ahí es alguien que puede ocupar perfectamente el lugar de la ofrenda pascual porque, Él no tiene pecado, es un cordero sin mancha (1Pe 1:19). Jesús no conoció pecado aunque por nosotros se hizo pecado para justificarnos (2Co 5:21). Él si podía ofrecerse como ofrenda y podía ministrar delante de Dios sin necesidad de purificarse previamente porque es puro. Ahora si que había un mediador entre Dios y los hombres que podía quitar pecados porque no hay pecado en Él (1Jn 3:5).

“Ni la ofrenda, ni el ofrendante eran suficientes para expiar la ira de Dios por causa del pecado”. 

CONCLUSIÓN

Entonces, al ver esta exigencia de Dios, los hombres parecería que no tenían esperanza porque nadie podía lograr satisfacer a Dios. Pero esta esperanza aviva su fuego cuando vemos que Jesús si pudo. Ahora solo queda depositar toda nuestra fe en Él para ser aceptos delante de Dios. Cuando nos arrepentimos, y ponemos nuestra fe en Cristo, lo hacemos Señor de nuestra vida. Toda su santidad es imputada en nosotros. Nuestra cuenta de pecado es vaciada y sustituida por una nueva cuenta atiborrada de Gracia y Perdón. De la bancarrota pasamos a la abundancia espiritual por medio de la fe en el Hijo de Dios. Por lo tanto, si estas en bancarrota, ven a Cristo, arrepiéntete de tus pecados y la Sangre del Cordero te limpiará de todo pecado . Toda mancha o pecado será limpiado por Cristo (He 9:9). Deja que Dios haga su trabajo, restregará quizás como lo hice con mi camisa, pero a Él nada se le romperá en sus manos. Me despido diciéndote: haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible. 

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