Quien no recuerda cuando aprendió a leer, leíamos todo, rótulos, carteles, los envoltorios de lo que usaba mami en la cocina, leíamos todo lo que nos ponían enfrente. ¿dónde quedó ese gusto por la lectura? La lectura es un buen habito que se debe cultivar. Cierta frase dice: Analfabeto no es aquella persona que no sabe leer, analfabeto es aquella persona que sabiendo leer no lo hace. O lo que dijo el escritor, historiador, filósofo y abogado francés Voltaire: Cuanto más lee uno, más se instruye; cuanto más medita, más se halla en situación de afirmar que no sabe nada.

 

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Procuremos cultivar el buen habito de leer, prioritariamente leer la Palabra de Dios. Cuando oramos le hablamos a Dios, cuando leemos la Biblia Dios nos habla a nosotros (Agustín). Si leemos la Biblia podremos entender cuál es la voluntad de Dios para poder vivir de acuerdo a ella. Procuremos entonces que nuestra lectura sea edificante, que nos llene, que nos haga enfrentar los días con la certeza que Dios nos ha dado promesas para que vivamos bien. La Biblia es nuestro manual de vida. El salmista escribió: Tu has establecido tus preceptos, para que se cumplan fielmente (Sal 119:4). La Palabra de Dios no es como las leyes terrenas, las cuales comúnmente decimos que fueron para romperse. Al contrario, la Ley de Dios o la Palabra de Dios no es ni para ignorarla, ni para quebrantarla. Las personas son engañadas por supuestos “pastores, o “súper apóstoles”, porque no conoce lo que Dios dice. Vemos hoy que cada vez los “hombres de Dios” se van auto nombrando con títulos que les dan mas fama, mas nombre, mas jerarquía, y las personas dice amén, consienten tales cosas porque no leen la Biblia.

El salmista también comprendía lo importante que era conocer la Palabra de Dios para poder adorar al Omnipotente Dios, escribió: Te alabaré con integridad de corazón, cuando aprenda tus justos juicios (Sal 119:7). También comprendió que atesorando la Palabra de Dios en su corazón pecaría menos (Sal 119:11). Leer la Palabra de Dios para algunos resulta tedioso, aburrido, y hasta cansado. De cierta forma esta es la excusa perfecta para no leerla. No han leído mas de tres palabras y ya están bostezando, o cerrando los ojos. Que diferencia a lo que el salmista dijo: A toda hora siento un mundo en la garganta por el deseo de conocer tus juicios (Sal 119:20). ¡Oh que Dios nos permitiera tal anhelo! Que ese fuera también nuestro sentir, que también nosotros dijéramos: Tus estatutos son mi deleite; son también mis consejeros (Sal 119:24). Nuestras congregaciones serían muy diferentes, nuestras familias y nuestras sociedad.

Por eso mi deseo al escribir este artículo es que podamos decir: Inclina mi corazón hacia tus estatutos y no hacia las ganancias desmedidas. Aparta mi vista de cosas vanas, dame vida conforme a tu palabra. Confirma tu promesa a este siervo, como lo has hecho con los que te temen (Sal 119:37-38). Termino diciendo: Haz tu lo posible por leer la Biblia y deja que Dios haga lo imposible llenarte de Su bendición con palabras de esperanza todos los días.

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