Introducción

Escuché decir a un amigo que le sorprende ver cuanto se niegan las personas en aceptar lo que dice Dios en su Palabra. A lo que le respondí que eso no debería sorprenderle, porque durante todas las épocas de la historia siempre ha sido lo mismo. Los hombres no quieren saber de Dios y menos cuando lo que tiene que decirnos nos confronta y nos hace ver cuan miserables somos por causa de nuestra pecaminosidad. Cuando leemos la Biblia comprendemos cuan arraigada esta la maldad en nosotros. Conocemos cuan mentirosos somos, o cuantos malos sentimientos alberga nuestro corazón. Envidia, odio, rencor, y orgullo, por decir algunos de estos malos sentimientos.

Por ello, cuando no aceptamos lo que la Biblia dice, estamos desafiando la sabiduría de Dios. Y sabes, tendemos a ser retadores a Él porque siempre está presente en nuestro pensamiento la idea de que somos autosuficientes y que en verdad no necesitamos de nadie, menos de Dios. Nuestro ego y amor propio pueden mas que la sencillez que el Padre pone para que vivamos de acuerdo a su voluntad. A tal actitud se le llama orgullo o soberbia. En otras palabras, orgullo es anteponer mis deseos y mi voluntad ante la voluntad de Dios. Es creer que mi forma de ser y pensar es lo único que cuenta.

Una de las áreas en las que se puede hacer mas evidente este fenómeno del orgullo, es en el área de las relaciones interpersonales. Específicamente cuando se trata de pedir perdón o perdonar a otros es cuando se mide la cantidad de orgullo que existe en nuestros corazones. Ahí es cuando se denota la calidad de sentimientos que habitan en nosotros. El perdonar o pedir perdón desafía todo el orgullo que podemos llegar a sentir. En cualquier clase de relaciones con amigos, con vecinos, dentro del matrimonio, con nuestros hijos, con compañeros de trabajo y de colegio o universidad, existen dificultades, roces, o discusiones. Son prácticamente inevitables. Esto debido a que cuando dos personas con pensamientos distintos tratan de llegar a una acuerdo los orgullos no encuentran equilibrio fácilmente. Es hasta que ambos alcanzan un punto medio quedan satisfechos.

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Sin embargo, no existe ninguna ofensa por mayor que sea que no pueda perdonarse. La pregunta es ¿Cómo podemos perdonar cuando nos han ofendido? ¿Cómo se hace para aceptar las faltas, o las ofensas que nos han hecho? En realidad no existe ninguna formula mágica o humana para realizarlo. Al contrario, los sistemas sociales dicen que cuando alguien te ofende lo mas lógico es que cobres venganza. Que cuando alguien te ha ofendido no agaches la cabeza, que contraataques. Por eso vemos hoy día un mundo mas violento. No estamos dispuestos a dejar pasar ninguna ofensa y nos volvemos jueces y verdugos contra nuestros ofensores. La otra cara de la moneda es cuando somos nosotros los que ofendemos. Ahí sí que las cosas cambian, ahí sí que desearíamos que nada fuera tan gravoso, o que se resolviera con una simple mirada de gato con botas. Perdonar insisto no es fácil, pero es necesario. Y ya que no existen medios humanos para saber como debemos perdonar, leamos lo que Dios dice en su Santa Palabra.

En cierta ocasión Jesús contó una parábola (Mat 18:23-35) sobre un rey que tenía dos esclavos. Uno de ellos tenía una deuda imposible de pagarle a su rey. A causa de ello, el rey había decidido que la forma de cobrarle todo lo adeudado era venderlo como esclavo juntamente con su familia y todas sus posesiones, es necesario decir que aun así la deuda no podría cubrirse, pero el rey pensaba en la posibilidad de recuperar tan siquiera algo de su dinero. Desesperado aquel hombre suplicó postrado a su rey. Le imploró postrado en tierra que le perdonara aquella suma estratosférica. Tal actitud movió a misericordia a su rey y finalmente lo perdonó. Ahora pregunto ¿puedes imaginar que gran alivio sintió aquel hombre después que le fuera perdonada toda aquella deuda? Repito esa es una cara de la moneda, cuando somos nosotros los que ofendemos y recibimos perdón. Cuando somos nosotros quienes necesitamos que nos indulten de nuestras fallas y finalmente nos perdonan, aun cuando la falta es sumamente gigante. Ahora veamos la otra cara de la moneda, cuando nos toca a nosotros pedir perdón.

Siguiendo la narrativa dijimos que el rey tenía dos siervos. El primero es a quien le perdonaron la deuda y el otro era el consiervo de este. Resulta que este consiervo también tenía una deuda pero no era con el rey sino con el hombre absuelto. Pero no era una cantidad estratosférica, mas bien era una cantidad ridícula. Y también tuvo que pedir que se le permitiera tiempo para poder pagar la deuda. La gran diferencia fue que aquel hombre que había sido favorecido por su rey no tuvo la misma actitud que el monarca había tenido con él. Este mas bien tomaba del cuello a su consiervo y le exigía que le pagara. Aquel consiervo le rogaba, y le rogaba, pero este de forma negligente y sin sentimientos se negaba a aceptar las suplicas de su consiervo. Alcanzas a ver lo que intento decir. Cuando pedimos perdón deseamos escuchar casi de inmediato que todo esta bien. Pero cuando nos toca perdonar somos reacios para hacerlo. Nuestro corazón se torna duro, teso, tirano para absolver las faltas de otros. Tal como este siervo, suplicó y fue perdonado de una cantidad no menor también debía perdonar a su consiervo de una deuda ridícula. Sin embargo, él no fue capaz de perdonar. Hay una diferencia considerable entre un caso y otro, pero el orgullo para perdonar quedó manifiesto.

Ahora, como todo en esta vida tiene una recompensa buena o mala, aquel siervo malvado recibió la suya. Dice el pasaje que otros consiervos fueron a contarle al rey lo que había pasado y el rey tomó cartas en el asunto. Lo mandó a llamar y lo confrontó. Le dijo: siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tu también tener misericordia de tu consiervo como yo tuve misericordia de ti? Y este es precisamente mi punto, ¿no deberíamos nosotros también tener la capacidad de perdonar a nuestros ofensores tal como Dios nos perdonó a nosotros? Si comparamos la deuda que Dios nos perdonó era como la del primer siervo, estratosférica. Impagable. Nadie podía ponerse a cuentas con Dios por mas bueno y por mas buenas obras que realizare en toda su vida. Era imposible para el hombre aplacar toda la ira de Dios con cualquier sacrificio humano. Sin embargo, a través de Cristo hemos sido perdonados. Nuestra fe en el Hijo Amado, nos permitió que Dios nos perdonara.

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Pongámoslo en el plano de nuestras relaciones personales. ¿Qué falta sufrida nos resulta imposible de perdonar? Quizás en esta vida nos han mentido, nos han engañado, nos han traicionado, nos fallaron, nos ofendieron, nos lastimaron, nos humillaron, nos defraudaron, etc., pero ¿no es exactamente lo mismo que nosotros hicimos con Dios durante toda nuestra vida? Y peores cosas podríamos decir, pero a pesar de eso, Dios nos perdonó toda aquella deuda que habíamos acumulado con Él. Entonces nuestra actitud no debería ser la del siervo malvado que pone en apuros a su semejante, sino mas bien debería ser la actitud del rey, la de perdonar a quienes nos han lastimado, a quienes nos han herido, nos han fallado, defraudado, o decepcionado. Sabes que el rey perdonó porque fue movido a misericordia, tal como Dios lo hizo con nosotros. Fue movido a misericordia cuando en realidad no estaba obligado a perdonarnos. Pero lo hizo por el puro afecto de Su Voluntad. Dios te perdonó y Dios me perdonó a mí por amor, por lo tanto nosotros debemos perdonar a quienes nos ofenden también por amor. Para reflejar que en nosotros está el mismo sentir de Dios debemos perdonar. Si deseamos que nuestro carácter refleje el mismo carácter de Dios el perdón es un excelente sinodal para comprobarlo.

Como dije supra la Biblia nos hace ver lo que hay en nuestro corazón. Y este pasaje como toda la Escritura es un buen parámetro para saber que hay dentro de nosotros. La Biblia es la apropiada balanza para saber hacia donde se inclina nuestro corazón. Debemos perdonar a quienes nos han ofendido tal como Dios nos perdonó a nosotros. Porque no se puede construir ninguna relación Sobrenatural sino empezamos por reparar las relaciones naturales. Recuerda que TU AMOR A DIOS SE REFLEJA EN TU AMOR AL PROJIMO.

Concluyo diciendo: si en este momento tú vives en medio de una situación en la que estas siendo desafiado a perdonar sea a quien sea, mi deseo es que SIN DUDARLO LO HAGAS, piensa que si no lo haces, en tu corazón desafías a Dios, porque estarías yendo contra su voluntad. Piensa en esto: ¿Cómo vas a recibir perdón tú de tus faltas si no eres capaz de perdonar a otros? La Biblia dice en Mat 6:14-15: Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Entonces perdona. Acércate a Dios en oración y ruego para que el dolor de la ofensa sea desarraigado de tu corazón. Piensa que entre mas rápido perdones mas rápido se cerrará la herida que te provocaron y de igual forma, rápidamente empezará a sanar tu corazón. No te llenes de amargura y menos aun no dejes que empiecen a crecer raíces de resentimiento dentro de ti. Si verdaderamente Dios te importa, perdona, ama, olvida, ten compasión. Porque cuando lo hagas, entonces experimentarás ese amor de Dios que te saciará para siempre. Me despido como siempre diciéndote: Haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible.

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