23Y aconteció que pasado mucho tiempo, murió el rey de Egipto. Y los israelitas hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y su clamor, a causa de su servidumbre, subió a Dios. 24Oyó Dios su gemido, y se acordó Dios de su Pacto con Abraham, Isaac y Jacob. 25Y miró Dios a los hijos de Israel, y los tuvo en cuenta. (Éx 2:23-25)

Introducción

imagesEn una conversación reciente con uno de mis mejores amigos discutíamos sobre algunos temas que tienen que ver con la oración. Específicamente sobre cuánto influye o cuánto puede llegar a influir nuestra oración para que Dios actúe. O que sí
verdaderamente nuestra oración puede cambiar algo o puede hacer que Dios decida sobre algo que oremos en especifico. Si es necesario orar o no, porque indistintamente a todo Dios ya tiene establecido un Plan Eterno para cada uno. Mi respuesta inmediata fue que al orar estamos mostrando nuestra total y absoluta dependencia de Dios. Que aun cuando Dios tiene un plan, orar es depender de Él, porque Él lo conoce lo que ha planeado pero nosotros no conocemos la senda por la cual nos esta guiando. A partir de ese día en mí quedaron muchas preguntas, muchas inquietudes. Pero Dios que es rico en Misericordia me ha ayudado para comprender más acerca de este tema de la oración. A través de reflexionar en algunos pasajes quiero presentarte algunas conclusiones a las que he llegado, confiando que éstas sirvan para darte fe, y confianza en que Dios no te ha olvidado.

Contextualizándonos

Es necesario que contextualicemos el pasaje que hemos tomado como base. Brevemente recordemos que el pueblo de Israel había llegado a Egipto a causa de la hambruna que azotaba a la región (1,876 a.C.). José, quien era segundo al mando de todo el imperio solo por debajo de faraón mandó a traer a su familia para preservar el linaje de los hijos de Jacob (cf. Gn 45:5). Un total de setenta personas se ubicaron en las tierras de Gosén, lugar designado para que el pueblo hebreo realizara sus actividades habituales y que gozaran del beneficio de aquella tierra fructífera (cf. Gn 46). Luego que José muriera (1,804 a.C.) la nación ya se había desarrollado abundantemente. En el censo practicado posterior a su salida de Egipto se contabilizaba un total de 603,550 hombre de 20 años para arriba, (Nm 1:46) lo que supone un total de 2 millones de hebreos contando a hombres, mujeres y niños. Este crecimiento poblacional, mas la llegada de un nuevo Faraón provocaron grandes cambios en Egipto. El nuevo gobernante sentía amenazado su imperio a causa de tal número de extranjeros en sus dominios. Olvidó quién había sido José y acusó de posibles rebeliones a la nación hebrea por lo cual optó por someterlos a base de duros trabajos y oprimiéndoles fuertemente a labores propias de esclavos (cf. Éx 1:7-11).

Enfrentando una larga espera

El v. 23 dice que había pasado mucho tiempo, y el pueblo era oprimido fuertemente. Pero ¿Cuánto tiempo es mucho tiempo? Para responderlo hagamos una breve cronología de los hechos. Moisés fue el instrumento utilizado por Dios para llevar a cabo Su plan redentor. Nació en el año 1,526 a.C., a la edad de 40 años mató a un egipcio y huyó a Madián (1,486 a.C.), lugar donde se estableció, se casó con Séfora y se convirtió en pastor de ovejas. A la edad de 80 años (1,446 a.C.) Dios se le apareció en la zarza ardiente y lo llamó para que llevara a cabo la misión de su vida (Éx 3:1-2). Es decir entonces que entre la muerte de José (1804 a.C.) y el surgimiento de Moisés (1,446 a.C.) transcurrieron casi 358 años. Ese era el tiempo aproximado que el Pueblo de Dios había pasado de ser libre a esclavo. De gozar de los beneficios del imperio a sufrir la crueldad de su opresión. De ser libre para adorar a su Dios a ser reprimido y vasallo de la dureza del nuevo imperio.

En la vida existen situaciones así, donde pasamos súbitamente de un estado a otro. De una condición sosegada a otra caótica. Por ejemplo, un día podrías pasar de ser el empleado de confianza de una gran empresa a ser un desempleado más. Podrías pasar de gozar de una vida saludable a estar hospitalizado a causa de una enfermedad terminal. Podrías pasar de estar viviendo cómodamente en tu hogar y de pronto estar viviendo en la calle a causa de un desastre natural. Podrías gozar de la plenitud familiar a enfrentarte a la perdida de un ser querido. La vida es así. Da tantas vueltas, y a veces tan de golpe, que parece que no podemos ni meter las manos ante estos cambios abruptos.

Enfrentando un prolongado sufrimiento

La espera no solo había sido larga sino que también había sido dolorosa. Como se ha mencionado antes, el nuevo Faraón no había tenido las mismas consideraciones que sus antecesores. Había sometido a esclavitud a todos los extranjeros en sus tierras. Los esclavos hebreos y foráneos diariamente debían producir materiales para las construcciones egipcias. Era intolerable su condición. No habían días festivos, no habían días para congregarse y adorar como Pueblo a Dios. No habían motivos para celebrar nada. No habían tiempos de refrigerio. No había tiempo para reposar tranquilamente. Como esclavos no podían disfrutar de una buena alimentación:

Los pobres esclavos no recibían nunca alimentos ricos en albúmina, como carne y leche fresca. “Los hombres semejaban por ello esqueletos vivientes y lo mismo sucedía con las mujeres, cuyas figuras daban lástima, con sus pechos hundidos y sus vientres hinchados. Los niños padecían raquitismo. Eran como ascetas, aquejados por mil dolencias: parásitos intestinales, disentería, escorbuto, úlceras y pústulas…” La salud no era algo que debiera tomarse en cuenta, si moría un esclavo habían suficientes esclavos mas para reemplazarlo.[1]

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Cada día que pasaba resentían los malos tratos a los que estaban sometidos. La opresión egipcia era inmisericorde, no había interrupciones. Sus oídos constantemente eran ensordecidos por los fuertes latigazos en sus espaldas. Como tatuajes en sus espaldas estaban las huellas de los azotes que a diario recibían. Surco sobre surco se observaba en sus lomos lastimados.

El látigo fue desde la más remota antigüedad el símbolo de la potestad suprema. Se empleaba para hacer cumplir las leyes de los dioses. En Egipto fue así, y lo mismo sucedió en Grecia y Roma. Antiquísima es la costumbre de pegar a los esclavos. Y el terrible látigo debió de ser inventado especialmente para este fin. El látigo de los egipcios constaba de cinco correas de cuero, que llevaban unas bolas de metal en sus extremos. La sangre brotaba ya al primer azote.[2]

Visto a través de esta óptica, podemos ver que 358 años son muchos años de dolor y sufrimiento. Son muchos años de padecimiento, de tristeza, amargura, desesperación y frustración. Es mucho tiempo, tanto, que la muerte era la mejor de las salidas a continuar viviendo bajo ese tormento.

Hemos visto que el pueblo hebreo enfrentó mucho dolor y por largo tiempo, en este articulo a penas hemos visto lo que vivió el pueblo, en la siguiente parte veremos que hizo y cuál fue el resultado de sus acciones. Mientras tanto haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible.

[1] http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/la-cruel-vida-de-los-esclavos-en-el-antiguo-egipto

[2] Ibíd.

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