En el articulo anterior vimos el rumbo que había tomado la vida religiosa por causa de los escribas y fariseos. Además vimos en que estaba basada la justicia su justicia, conocimos la intención de su corazón a través de las palabras de Jesús, reconocimos cuáles eran en realidad sus motivaciones y sus pensamientos oscuros. Vimos que esas fueron las razones principales por las cuales Jesús no se fiaba de ellos, y por las cuales los confrontó en mas de una vez. Ahora conozcamos el otro lado de la moneda, la justicia a la que han sido llamados los seguidores de Jesús. Y conoceremos también el contraste entre los tesoros terrenales y celestiales.

 

Justicia de los discípulos

La justicia de los discípulos debe estar basada en su nueva naturaleza. Esta justicia debía estar basada en la sinceridad. En la veracidad de sus palabras. En la congruencia del discurso con el estilo de vida. La justicia de los discípulos debe ser algo tan pletórico e inmenso, que ya no pueda medirse. Debe ser una abundancia y una riqueza que desborden cualquier medida. En esta justicia parece que ha de contenerse algo nuevo. No solamente se alude a un grado diferente, sino a otra clase de justicia. La justicia que Jesús exigía es la que se amolda a la voluntad de Dios y que se pone de manifiesto en todas las áreas de su vida. No solo es la forma externa sino también en la calidad de sus actos en lo familiar, en lo laboral, abarca todas las áreas de la vida del discípulo de Cristo.

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La justicia con la que debían vivir los discípulos es “una justicia interior de corazón, voluntad e intención. Por esta clase de justicia se debe tener hambre y sed”.[1] Por lo tanto la justicia de los hijos es tal que abarca lo personal pero también se puede apreciar por quienes los rodean. Esta justicia es la que hace que la luz brille a todos los hombres. El Señor requiere justicia genuina, verdadera santidad, que supera todo lo humano y que sólo existe en el corazón de un verdadero discípulo de Jesús. “Se trata de una justicia que se expresa en la manera de vivir sobre la tierra y en la forma de portarse con los otros. Es una justicia que radicaliza nueva vida de tal modo que nos hace entrar desde ya en un ámbito de reino”.[2] Entre las características distintivas de los discípulos se encuentran la humildad lo cual estaba por encima de la vanagloria farisaica. Porque “la humildad no refleja ley natural sino ley del Reino”[3]

Un fuerte contraste entre los tesoros terrenales y celestiales

Sin temor a equivocaciones se puede afirmar que las primeras imágenes que llegan a la mente de cualquier persona que escucha la palabra “tesoro” son: riquezas, oro, plata, piedras preciosas, objetos de gran valor, pero como se ha dicho en los prolegómenos de este escrito los tesoros son relativos. No todas las personas conciben en sus mentes la misma idea sobre lo que verdaderamente es valioso. Los tesoros entonces ciertamente son variados, distintos, pero en el pasaje de estudio Jesús llama la atención a sus oyentes con una advertencia fuerte cuando dice:

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón (Mateo 6:19-21).

     Acumulando tesoros terrenales

El versículo 19 es introducido por Jesús con la cláusula negativa . y la conjugación del verbo qesaurízo en segunda persona plural del presente, activo e imperativo qesaurízete  que se traduce: “guardar Atesorar, acumular, apartar”[4], La palabra tesoro es traducida del vocablo griego qesaurós, que significa tesoro, o cofre. Lugar de depósitos de objetos valiosos. También lugar de depósito de objetos valiosos.[5] Así mismo, tesoro tiene al menos dos ideas principales Al ser relativos los tesoros cobran valor dependiendo de quién los evalúa. Y en función de lo que se considere valioso. Para entender mejor este concepto Wilton M. Nelson lo explica de la siguiente manera:

Puede llamarse tesoro a cualquier acumulación de riquezas, por ejemplo, tesoro de granos, de vino o de aceite, aunque se refiere generalmente en la Biblia al almacenamiento de oro o plata. Durante su permanencia en Egipto, los israelitas fueron obligados por los faraones a construir ciudades o almacenes (Éx 1.11), y más tarde los reyes de Judá mantuvieron guardias especiales para sus tesoros (1 Cr 27.26; 2 Cr 32.27) ya que el tesoro real se constituía en factor indispensable de la monarquía. El templo mismo contaba con un lugar especial para guardar sus tesoros que eran suficientes como para despertar la codicia de sus enemigos (1 R 14.26; 2 R 24.13, etc.). Había en el templo unas trece urnas o cajas para recibir las ofrendas de los adoradores.[6]

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Por ello los tesoros si se ven asociados con la abundancia de bienes materiales también pueden tomar otros matices distintos, ya que pueden ser vistos como bendición de Dios, como recompensa o también pueden observarse como pecado porque se duda de la forma de adquirir los bienes materiales. Para el judaísmo “las buenas obras son un tesoro que se acumula ante Dios; el interés se puede pagar ahora, pero el capital se guarda para el juicio”.[7] Los fariseos idearon todo un sistema religioso y descarado para alcanzar riquezas ya que a juicio de sus seguidores esta era una señal de la vida piadosa que ellos llevaban y que por tal conducta Dios los bendecía en gran manera pues ellos conocían la promesa de bendición de Dios para quienes fueran justos (Deuteronomio 28:1-3). En esta búsqueda ambiciosa y desmedida no consideraron las formas cometiendo cualquier acción que les redituara en ganancias materiales. Los actos inmorales y maliciosos de los fariseos no conocían límites, Samuel Pérez Millos dice sobre explica algunas de las artimañas de las cuales se valían los fariseos:

Vendían los servicios religiosos, haciendo oración en las casas de las viudas, cobrando por ello (Mat 23:14). Habían establecido el sistema llamado corbán, para no ayudar a los padres cuando lo necesitaban, conforme a lo establecido en la ley, apropiándose para su beneficio personal lo que era demandado por Dios para ayuda del familiar necesitado (Mr. 7:10-13). El corazón de escribas y fariseos, especialmente de estos últimos, no estaba puesto en Dios, sino en las riquezas, encubriendo con el manto pecaminoso de una vida de piedad aparente.[8]

 

Por ello este mandato de Jesús está dirigido a sus discípulos con la clara intención de nuevamente hacer un llamado a la reflexión de no caer en las prácticas de los fariseos que como ya se ha descrito eran prácticas hipócritas. Este mandato tiene que ver con el estilo de vida de los hijos del Reino los cuales no buscaban el enriquecimiento material tal y como lo hacían estos falsos piadosos pero también los arrastra a tomar la decisión de no buscar tales bienes materiales, “el apeló a la aceptación personal, voluntaria y responsable de su mensaje, al tiempo que planteó las consecuencias que tal compromiso involucraba”.[9] Además la advertencia no solamente incluía la imitación de las prácticas de los fariseos sino también como se verá en párrafos siguientes Jesús demuestra que las riquezas terrenales son temporales y no existe seguridad alguna en poseerlas.

[1]Rafael Molina Crispín, “La justicia del reino de Dios en el sermón del monte y sus implicaciones para la iglesia evangélica” (tesis de M.A., Seminario Teológico Centroamericano, Guatemala, 2010), 44.

[2] Javier Pizaka, Francisco de la Calle, Teología de los Evangelios de Jesús, (Salamanca, España: Ediciones Sígueme, 1980) ,143.

[3] D. A. Carson, Comentario bíblico del expositor: Mateo, Trad. Ricardo Acosta, (Miami, Florida, USA: Editorial Vida, 2004), 539

[4] Alfred Tuggy, Léxico griego-español del nuevo testamento, (TX: Editorial Mundo Hispano, 1996), 236.

[5]Ibíd. 236.

[6] Wilton M. Nelson, Diccionario ilustrado de la Biblia, (Miami, Florida, USA: Editorial Caribe, 1977), 653.

[7] Ibíd. 260.

[8] Samuel Pérez Millos, Comentario exegético al texto griego del Nuevo Testamento, (Barcelona, España: Editorial Clíe, 2009), 426.

[9] Pablo Deiros, El Evangelio del Reino, (Buenos Aires Argentina: Ediciones Certeza, 2008), 52.

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