Usualmente decimos que “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, cuando una persona se empeña en no querer entender o aceno hay peor ciegoptar una verdad, cuando se resiste a creer una verdad por temor a reconocer su error. También lo usamos cuando observamos que una persona prefiere continuar creyendo una mentira, aunque la verdad la tenga enfrente no cambia de parecer, insiste en permanecer en sus errores. Las personas aun cuando se les ha expuesto toda la verdad delante de ellos se enceguecen y no logran o no permiten que les sean quitadas las vendas de los ojos.

 Algunos ejemplos típicos de esto son los jefes que frecuentemente están perjudicando a sus empleados a base de las malas decisiones que están tomando. No logran ver sus errores, menos pueden ver los efectos nocivos que están sufriendo sus trabajadores por culpa de ellos. También los padres de familia somos ciegos cuando tenemos hijos que están conduciéndose mal, andan con amistades peligrosas y sin embargo preferimos seguir creyendo que todo esta bien, ignoramos los rumores que escuchamos, decimos que son chismes de gente envidiosa, en nuestra mente esta la convicción que tenemos los mejores hijos del mundo y que estos son incapaces de hacer algo malo.

 Y que decimos de aquellos líderes que ya tienen muchos años haciendo ministerio dentro de la iglesia, dirigiéndola con modelos que ya no son igual de efectivos que años atrás, que ya no están siendo competentes respecto al liderazgo joven. Ven que existen nuevos métodos de enseñanza, de evangelismo y predicación pero no están dispuestos a salirse del modelo que han estado realizando desde siempre. Observan como el liderazgo joven esta tratando de innovar y ellos no son capaces de involucrarse en esta innovación. También ven que las necesidades de la iglesia son distintas a como eran años atrás, pero se aferran a sus concepciones antiguas.

 Tal como hoy, durante el ministerio terrenal de Jesús existieron personas y líderes que no quisieron, ni pudieron ver, y menos pudieron reconocer que se encontraban en un error. Se aferraron a sus ideas preconcebidas, legalistas y no quisieron salir de ahí. No lograron ver mas allá de donde su vista y su necedad les permitió. Aun cuando fueron testigos presenciales de las señales, prodigios y acciones sobrenaturales que Jesús realizó no alcanzaron a ver que quien estaba frente a ellos era el mismo Hijo de Dios encarnado en un ser humano. Se fijaron únicamente en los detalles menos importantes y no alcanzaron a ver la obra sobrenatural que Dios estaba llevando a cabo ante sus ojos.

incredulidad fariseaEs precisamente esta ceguera espiritual la que ha motivado a escribir esta serie de artículos. En ellos escribiremos sobre la incapacidad que tenemos algunos de nosotros para ver lo que Dios ha hecho, esta haciendo y seguirá haciendo a nuestro favor. Reflexionaremos en el hecho que aun cuando Dios se ha manifestado de múltiples maneras en nuestras vidas y/o en las vidas de otros, nosotros continuamos reacios sin reconocerlo en nuestra vida y preferimos mantenernos en nuestros errores, o en los pecados que hemos estado cometiendo por bastante tiempo. A partir de varios pasajes bíblicos veremos cuales eran las conductas religiosas de los opositores de Jesús que les impidió ver al Mesías prometido y en las cuales también nosotros podemos caer. Ahora ¿Por qué es relevante hablar sobre esto? ¿Por qué necesitamos reconocer que Jesús es el Cristo? ¿Por qué necesitamos quitarnos la venda que tenemos en los ojos para poder ver a Jesús como el Mesías?

 En primer lugar, porque cuando tu reconoces que Jesús es el Mesías, Dios te reconoce como su hijo. En el Evangelio de Juan dice:

 El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de Él, pero el mundo no le reconoció. Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hijos de Dios. (Juan 1:10-12, NVI).

 Una mentira que ha creído y cree la gran mayoría de personas es que todos somos hijos de Dios. Sin embargo la realidad es que no todos somos hijos de Dios. Lo que si somos es creación de Dios. Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, lo cual significa que hay algo de Dios en nosotros, que tenemos la marca distintiva que tiene lo que Dios ha creado. Tal como un pintor firma su cuadro para dejar de manifiesto que él es su creador, así mismo toda la humanidad lleva la firma de Dios en su vida. Pero, entendamos que esto no nos convierte en hijos de Dios.

 El pasaje citado nos dice que Dios nos reconoce como hijos cuando recibimos a su hijo en nuestras vidas. Y ¿cómo lo recibimos? Cuando nos convencemos que nuestra vida de pecado necesita la Santidad del Hijo de Dios para poder vivir de acuerdo a su Señorío Divino. Cuando cedemos ante su majestuosidad y dejamos que sea Él quien ocupe toda nuestra mente y nuestro corazón, cuando permitimos que toda nuestra vida sea dirigida por Su Palabra. Dios nos da el derecho y la autoridad de llamarnos hijos cuando renunciamos a nuestros propios deseos carnales y pecaminosos por amor a Cristo. Recibir a Cristo es abandonar nuestra vida de pecado por vivir en la Santidad del Hijo. Lo primero que debe hacer una persona para poder llamarse hijo es arrepentirse de su actual manera de vivir, y dejar que Dios lo regenere a través del Espíritu Santo.

dios esta contigo1

Mañana continuaremos con esta serie de artículos, mientras tanto haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible. 

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