Enrique se encontraba frustrado, decepcionado y hasta enojado con él mismo porque él decía que a su manera de entender la iglesia, él era un mpredicando en prisión iembro inútil. Que pese a tener ya cierta cantidad de años de pertenecer a la congregación aun no servía en nada dentro de la iglesia. Un día empezó a renegar y a cuestionar a Dios. ¿Por qué no me dejas servirte Señor? ¿por qué no me das una oportunidad? –preguntaba– luego de ello se volvió un criticón de primera. Cada que un hermano tenía la oportunidad de predicar o dar una enseñanza, o presentaba un proyecto, él siempre estaba criticándole, murmuraba con otros hermanos y les decía que él seguramente lo podría hacer mucho mejor que quien estaba enfrente. Y así como una bola de nieve, que empieza pequeña, fue creciendo su frustración hasta que ya resultaba insoportable para él y para quienes oían constantemente sus quejas.

 Pero como Dios trabaja de formas misteriosas, un mañana mientras Enrique elevaba su “quejabanza” (una mezcla entre quejas y alabanzas) a Dios, el timbre sonó dos veces, entre refunfuños y enojos salió a abrir la puerta, era el cartero, quien le entregó un sobre que decía: urgente. Abrió rápidamente el sobre y recién empezó a leer, su rostro se puso color blanco papel, tenso, y sus ojos se hacía cada vez mas grandes por la impresión de lo que leía, Enrique no daba crédito a lo que estaba leyendo. La carta decía que por haberse atrasado en el pago de su tarjeta de crédito el banco había entablado una demanda en contra de él y que sí no lo resolvía en una semana, las cosas se volverían mas serias. La sorpresa fue que la carta había llegado un mes después que el banco la había enviado. Es decir tres semanas después de haber girado la nota. No había terminado de leer la nota y cerrar la puerta cuando el timbre sonó nuevamente, era un hombre vestido de traje, acompañado de dos patrullas de policías, llevaban una orden de captura en contra de Enrique, pero no era por el tema del banco sino porque él era considerado uno de los criminales mas buscados del país. Ninguna de sus explicaciones hizo que los agentes cambiaran de parecer. Si o si, Enrique debía ir a la cárcel mientras se hacían las averiguaciones respectivas.

 Dos meses estuvo enclaustrado Enrique en una de las cárceles de su ciudad. Al principio fue la experiencia mas espantosa, según lo expresaba él mismo, pero después la mas grande lección de humildad que pudo haber recibido de parte de Dios. En las primeras horas que fue encerrado, gritó, pataleó, lloró y cuestionó mas a Dios que los días atrás. No entendía como había llegado a la cárcel. Oraba con mas frecuencia, y rápidamente pidió que se le llevara una Biblia, pero no se lo permitieron, entonces empezó a anotar en una hoja todos los pasajes que se había aprendido de memoria. Algunos los recordaba con claridad pero otros con mas dificultad. Llenó al menos unas 25 hojas con textos bíblicos escritos de manera textual y algunos otros los había escrito parafraseados.

 Lo cierto es que nunca había estado mas cerca de las escrituras que aquella vez. Un día a su compañero de celda le llamó la atención un texto que Enrique había resaltado en una de sus hojas, era Juan 3:16, lo tenía en grande, además lo había puesto en la pared del lado donde dormía y cada noche lo recitaba de memoria, vez tras vez. Su compañero le preguntó: ¿Qué significa eso que repites constantemente? ¿puedes explicármelo? De inmediato Enrique sintió como si la zarza ardiente estuviera delante de él y la voz de Dios lo estuviera llamando a que le sirviera. Fue en ese preciso momento que entendió el propósito por el cual había llegado a la cárcel. Mario se llamaba su compañero de celda, era un hombre que purgaba una condena de 10 años por haber participado en el secuestro de un empresario, pero el tiempo que tenía en la cárcel lo habían puesto sensible y mostraba una enorme necesidad por ser liberado de la culpa que cargaba encima. Ninguno de los dos imaginó que aquella pregunta había sido la llave que los liberó del cepo que ambos andaban arrastrando. A Enrique, porque finalmente encontró el propósito de su vida y a Mario porque encontró el bálsamo que alivió su corazón. Su compañero se convirtió en su primer discípulo, y así uno a uno dentro del presidio fueron llegando en busca de respuestas y soluciones a sus necesidades espirituales.

 predicando en la carcel

El director del presidio al ver el efecto que tenía Enrique en la vida de los otros presos, acondicionó un espacio apropiado para que recibieran día a día por dos horas clases de Biblia. Enrique estaba feliz con su grupo de presidiarios, ellos estaban en paz finalmente. Los trabajos dentro de la cárcel se hicieron menos pesados. Ahora los insultos se habían transformado en bendiciones, las palabras soeces se transformaron en himnos, y las ofensas en abrazos. Pero Enrique fue mas allá de solo impartir clases, le sugirió al director que se estableciera un programa donde los presos aprendieran algunos paquetes de computación, a lo cual el director no se opuso.

 Pero como dice el dicho: que no hay felicidad completa, Enrique recibió la noticia que en una semana quedaría en libertad porque el delito del que se le acusaba se había esclarecido. Resultó que su nombre completo coincidía con el nombre de un prófugo de la justicia, que era buscado por homicidio en varias ciudades cercanas. Al ser capturado el verdadero delincuente, Enrique nada tenía que hacer dentro de la prisión. Y el asunto de la tarjeta de crédito no era causa suficiente para estar detenido. Ni él ni los presos daban cabida a lo que estaba pasando. Enrique pensó que Dios estaba jugando con él, ¿por qué ahora que todo empieza a tener sentido me haces esto? –le preguntaba a Dios– pero nuevamente Dios le dio una enseñanza.

Salió de la prisión pero su trabajo en la cárcel no fue en vano. Dios estaba trabajando a lo grande. Lo que hizo con aquellos convictos fue conocido por el ayuntamiento de su ciudad, y llamaron a Enrique para echar a andar un plan similar pero mejor estructurado en otras cárceles de su país. Jamás pensó que aquellas constantes quejas con Dios lo llevarían a establecer un Ministerio de gran alcance a personas que pocas veces tienen la oportunidad de escuchar las Buenas Nuevas de Salvación. Aunque siempre estuvo cuestionando a Dios por sentirse inútil no sabía que ante los ojos de Dios, él ya era un instrumento en su Obra. Muchos hombres fueron restaurados espiritualmente por este Ministerio y además fueron reinsertados a la sociedad donde se convirtieron en buenos ciudadanos.

 Cuántas veces te has preguntado tu también ¿en donde debo hacer ministerio? Y quizás al igual que Enrique has cuestionado a Dios, has renegado y murmurado y te has sentido superior a otros hermanos que desarrollan un ministerio dentro de tu congregación. Deseo que entiendas con esta ilustración que aun cuando hoy creas que eres estéril, inútil, e improductivo o que estas frustrado porque a tu manera de ver las cosas no estas haciendo nada dentro de la obra de Dios, Él no te ve así. Dice Mateo 5:13-17 que tu y yo somos la sal y la luz de la tierra. Si tu sabes que ambos pasajes están diciéndonos que el simple hecho de ser hijos de Dios nos comisiona para llevar a cabo el servicio a los que aun no lo conocen, tu deberías saber que Dios te esta diciendo que tienes un llamado claro a impactar la vida de otros. Estamos llamados a ser la sal que haga perdurable aquello que esta corrompiéndose. A ser la luz que ilumina a todos aquellos que están en las tinieblas del pecado. ¿Dónde? Ni la sal ni la luz se limitan, porque tu puedes hacer ministerio en tu entorno, en donde estés, sea aquí o en el lugar mas alejado del planeta, tu función es y seguirá siendo la misma, un portador del Mensaje de Salvación. Los Ministerios dentro de la iglesia son apenas una parte de la Gran Comisión encomendada por Nuestro Señor Jesucristo pero todo aquello que hacemos para que otros conozcan al Hijo de Dios, el Salvador del mundo, eso ya tiene un tinte de servicio a Dios.

 De aquí en adelante, antes de cuestionar a Dios recuerda que al igual que con Enrique, Él ya esta trabajando contigo. Solo espera y en su tiempo dará la respuesta a tu clamor, mientras tanto te digo: Haz tu lo posible por ser un obrero aprobado y deja que Dios haga lo imposible para desarrollar el Don que hay en ti.

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