Introducción

 Dios muestra Su perfección con la creación del mundo. Así mismo muestra que todo lo que proviene de Él, es perfecto. El escritor del Génesis dice que cada día al culminar su obra “Dios veía que todo lo que Él había creado, (énfasis agregado) era bueno” (1:10, 12, 18, 21, 25)[1], mayor énfasis hace al escribir que el día sexto luego de haber creado al ser humano ya no era solamente bueno sino que: “era bueno en gran manera” (1:31). Por lo tanto en una obra perfectamente creada solo puede esperarse que todo funcione en perfecta armonía. Tan perfecto era el funcionamiento que: la tierra producía, los ciclos naturales se cumplían, los animales cohabitaban juntamente con el hombre. Además el varón administraba todo cuanto existía. Este escrito tiene como propósito analizar cómo se introduce el pecado en el mundo, sus consecuencias y como se fue desarrollando en las siguientes generaciones, basado en los capítulos tres al once del libro de Génesis.

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El principio de la maldad

Tal como se ha expresado en los prolegómenos de este escrito, Dios creó de manera virtuosa al hombre y todo su entorno. Así como creó de la nada la tierra, las galaxias, los astros, también de forma meticulosa del polvo de la tierra creó al hombre, sopló aliento de vida en él y lo hizo vivir. Luego de haberlo creado, lo puso en un lugar apropiado, llamado el Jardín del Edén, rodeado de ríos y lleno de toda clase de árboles, frutales, ornamentales, etc. así como también rodeado de todo tipo de animales, lo abasteció de todo lo necesario para que disfrutara de una vida digna. Al ver que no era bueno que el hombre estuviera solo, también le proporcionó una bella compañera, creada de su costado con la finalidad que fuera su ayuda idónea. Que juntos disfrutaran de la perfecta creación divina. Este era el plan de Dios, que su creación no solamente cohabitara entre sí, sino que también cohabitara con su creador. Creado a imagen y semejanza de Dios el hombre puede ejercer dominio sobre lo creado porque Dios le concede este don.

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El hombre es el rey de la creación. Es de advertir que, mientras en Oriente el hombre es creado para soportar el yugo de los dioses y servirles en sus necesidades cotidianas, en Génesis 1 es creado para reinar sobre la creación. Pero el autor no entiende que el reinado ha de ser despótico.[2] Si bien es cierto que el hombre es el rey de la creación, se debe decir que Dios es rey del hombre. Es Rey soberano sobre todo, porque es su creación. Entendiendo esto es más fácil comprender entonces lo que a continuación se describe respecto a la relación entre Dios y el hombre. La sujeción del hombre a la autoridad soberana del Rey.

Relación entre vasallo y el rey

Dios le delegó autoridad al hombre, y le dio un lugar prominente sobre todo lo creado, pues lo puso por encima de la fauna y la flora. Lo facultó de habilidades distintas para propósitos específicos. Luego de estar complementado el hombre con su mujer, Dios los bendijo. Sin embargo siendo un Dios detallista, no pasó por encima el hecho de establecer algunos mandatos puntuales que el hombre debía cumplir, tal como un padre que le pone sobre la mesa a su hijo los privilegios con que cuenta como parte de la familia, pero también le establece sus responsabilidades y sus obligaciones. Luego de bendecirlos les manda: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra” (Genes 1:28). Cinco mandatos muy puntuales que el hombre y la mujer debían cumplir de forma obediente al rey soberano.

Además, Dios manda al hombre que podría comer de todo fruto existente en el huerto, “más del árbol de la ciencia[1] del bien y el mal no comerá, porque el día que comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16-17). Al observar esta serie de mandatos no se aprecia de ningún modo que Dios le imponga cargas pesadas a su administrador, ni puede verse como una tarea titánica, la cual le sea imposible de poder llevar a cabo. Sino que simplemente Dios pone en claro como se dijo antes que el hombre debe cumplir con ciertas responsabilidades. Estos mandatos sirven además, para notar muy enfáticamente que el hombre es el representante de Dios en la tierra. Dios lo instituye como alguien que debía gobernar toda la creación, que su posición es de corregente no de soberano. Alguien que refleja quien es Dios, Gerhard von Rad lo ilustra de la siguiente manera:

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La estrecha vinculación del concepto de la semejanza a Dios con la misión encomendada de ejercer un señorío, es del todo evidente para nosotros que hemos interpretado çelém como copia plástica: así como los grandes reyes de la tierra hacen erigir una estatua suya como distintivo emblemático de su voluntad de soberanía, en aquellas provincias de su reino en las que van personalmente, así también el hombre con su semejanza a Dios ha sido puesto en la tierra como signo de la majestad divina.[2]

Dios le da señorío al hombre para administrar adecuadamente, Él lo hace coparticipe de Su gloria y Majestad. Por tal razón debe estar sometido a todo cuanto Él mande. La gloria del creación es para Dios, tal como el apóstol Juan declara: “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apo 4:11). No por voluntad humana fueron creadas, ni por el poder creativo del hombre, sino porque Dios es el único que puede hacerlo. El hombre no es el creador de todo pero si es llamado a administrar todo como un mayordomo fiel que se sujeta a las órdenes de su amo. Ahora en los pasajes siguientes del libro del Génesis esta relación se ve rota por causa de la rebelión del hombre ante su creador.

Espera la segunda parte, pero mientras tanto, haz tu lo posible y deja que Dios haga lo imposible…

 

 

[1]Todos los textos bíblicos serán tomados de la Versión Reina Valera, revisión de 1960, salvo en los casos cuando se indique de otra forma.

[2] Andrés Ibañez Arana, Para comprender el libro del Génesis, (Navarra, España: Edit. Verbo Divino, 1999), 25.

[1] La ciencia del bien y el mal, debe entenderse como el conocimiento del bien y el mal, como la traduce versiones de la Biblia como la NVI. Además debe entenderse que no es el árbol que produce el bien y el mal. Sino que al comer de ese árbol el hombre tendría conocimiento sobre lo que es bueno y malo. Lo cual es lo que finalmente sucede. Pero si se enfatiza de manera fuerte que este árbol no produciría el mal, porque Dios de ninguna manera no es el artífice del mal como algunos escépticos argumentan.

[2] Gerhard Von Rad, El libro del Génesis, trad. Santiago Romero, (Salamanca, España: Editorial Sígueme, 2008), 70.

 

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