Rom 8:15Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor,  sino que habéis recibido el espíritu de adopción,  por el cual clamamos:  ¡Abba,  Padre!

Existen múltiples formas de demostrar cuanto podemos amar a una persona, con palabras, con hechos, y mucho de ello esta basado en que apesar de lo que podemos saber de esa persona la aceptamos tal y como es. Sin embargo esto no siempre sucede así porque como humanidad tendemos a hacernos prejuicios y eso condiciona nuestras relaciones a tal grado que discriminamos a quienes parecen diferetes a nosotros. En las líneas siguientes te presento un testimonio con el cual quiero introducir y a la vez ilustrar la capacidad que tiene Dios para amar a la humanidad a pesar de sus imperfecciones. Así mismo este testimonio nos puede dar una pauta que es definitiva: la humanidad está credada a imagen y semejanza de Dios, y por tal razón es capaz de amar de manera incondicional. El testimonio de esta pareja es conmovedor, es desafiante y a la vez es esperanzador, por lo tanto leelo con mucha atención porque si este testimonio toca las fibras de tu corazón, será mas fácil poder entender el amor ágape de Dios.

José y María, nos unimos en matrimonio en 1981, con un gran deseo de formar una familia. Los planes de tener hijos los hicimos desde antes de casarnos. Cuando pasaron 6 meses y mi esposa no salía embarazada, comenzamos a preocuparnos. Después de un año acudimos al IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social), para iniciar una serie de estudios, dando como resultado que no podríamos tener o engendrar a un nuevo ser. Aquí fue donde todo se nos fue abajo: sueños, ilusiones. En ese momento lloramos como dos niños, yo como hombre no quería saber nada de la vida, quería mejor morir. Y yo como mujer, me sentí tan mal por no poder ser madre; ya que en el Seguro Social se nos dijo que solo un milagro podría cambiar nuestro destino. Después de varios días empezamos a reflexionar y a buscar cómo vivir nosotros dos solos.

 Así pasaron dos años, para ésta fecha teníamos un año dentro del MFC (Movimiento Familiar Cristiano). Aprendimos a aceptarnos tal como somos con todo y deficiencias, pero a los tres años de casados sentíamos una gran soledad. Fue entonces cuando comenzamos a buscar otros medios para engendrar un hijo. Nos pasaron a nuevos estudios en especialidades, nos recomendaron una clínica particular y todo fue en vano. Nos ofrecieron un solo medio: la inseminación artificial, pero desde el momento que escuchamos esa palabra, supimos que era algo que nosotros no podíamos aceptar. Tomamos la decisión de buscar un hijo para adoptar. Empezamos a sentir que había una esperanza, dentro de nosotros había un gran vacío, una gran tristeza, por no tener ese hijo tan deseado. Nos dimos a la tarea de buscar un hijo para adoptar.

Visitamos un hospicio pero regresamos sin esperanzas, volviendo a la misma soledad y tristeza. Cada vez que nos decían de un niño, dejábamos todo y siempre encontrábamos la misma respuesta. Por fin llegamos a una institución, donde sí nos tomaron en cuenta. Asistimos a una serie de entrevistas para ver si estábamos preparados o no para adoptar a un bebé, que sería nuestro hijo. Todo empezó a cambiar en nuestra vida, había una pequeña esperanza. Temíamos que nos fueran a pedir mucho dinero, pero nos sorprendió saber que no teníamos que pagar nada. Solo teníamos que asistir a un curso de cuatro meses de preparación, para recibir a ese hijo y estar preparados para ser padres. Después de 9 años de casados y de un año de haber llegado a esta institución, un gran día nos avisaron que había nacido una niña, y nos preguntaron si estábamos dispuestos a recibirla, ya que había un pequeño problema: que la niña estaba delicada.

 No había muchas posibilidades de que viviera y nos preguntaron que si así la aceptábamos. No tuvimos que pensarlo mucho y nuestra respuesta fue: pensamos que a esta niña nosotros no podíamos estarla eligiendo porque es una persona, es como si mi esposa estuviera embarazada y de repente nos dijera el doctor: “su niño no va a nacer normal, tiene cierta deficiencia”. ¿Podríamos acaso decir nosotros: no la queremos? Nuestra respuesta fue “claro que la queremos tal como sea ella”. En ese momento nuestro corazón no cabía en nuestro pecho de la alegría. Al escribir sobre este gran momento no podemos contener nuestras lágrimas de tan solo recordar aquel gran día. Después de avisarnos, nos fuimos a la clínica para que nos la entregaran. En estos momentos la niña, o sea nuestra niña, Verónica, tiene 9 meses y nuestra casa ya no es fría ni somos personas tristes. ¡Gloria a Dios!

En el articulo de mañana concluiremos acerca de este tema y responderemos una pregunta que a lo mejor un día tu te has hecho: ¿Soy verdaderamente un hijo de Dios?

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