En cierta oportunidad Jesús les enseñaba a sus discípulos acerca del dolor, sufrimiento, desprecio e incluso la muerte que habría de experimentar en manos de sus detractores. Pero que al tercer día resucitaría. Decía que era necesario que acontecieran tales cosas. En ese mismo instante Pedro aparece en escena, y dice que le tomó aparte y comenzó a reconvenirle. Pedro quien recién declaraba que Jesús era el Cristo ahora estaba reprendiendo a Jesús acerca de sus enseñanzas. (Marcos 8:31-33). Según Mateo Pedro le dice a Jesús:

Ten compasión de ti, en ninguna manera esto te acontezca.

Pedro no es culpable, simplemente sus sentimientos hacia su maestro lo traicionaban. Su mente no lograba comprender que Jesús decía es necesario que esto suceda. Jesús tenía claras sus metas. Estaba convencido a tal punto que estaba dispuesto a morir por alcanzar la meta trazada. Nunca su mirada estuvo en el dolor sino en la alegría que da la victoria. Reprende severamente a Pedro y le dice:

¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

Ante tan difícil tarea Jesús no podía darse el lujo de caer en la duda. En la incertidumbre. No podía prestar oídos a las palabras de su discípulo pese que eran en parte una muestra de cuan gran amor le tenía. Pero Jesús estaba firme en sus convicciones. Nada ni nadie lo apartaría de sus propósitos. Fue obediente hasta la muerte porque tenía puesta la mirada en los propósitos de Dios. Por tal razón Dios lo exaltó hasta lo más alto. (Fil 2:8-9). El máximo galardón le fue dado.  Circunstancias parecidas vivió el apóstol Pablo. Cuando el profeta Agabo declara que Pablo sería atado y entregado a los gentiles dice en

Hechos 21:12: le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén. La respuesta de Pablo fue contundente al igual que la de Jesucristo: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, más aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.

Pablo estaba dispuesto a lo que fuera por cumplir la tarea que le fue designada. Ni las lágrimas de sus amigos lo harían cambiar de decisión. Estaba firme en sus convicciones al igual que Jesús. Para alcanzar nuestras metas debemos estar convencidos de lo que queremos toda vez sean metas correctas. Tener convicciones solidas, tales que nada ni nadie nos haga desmayar, En la vida no faltara más de alguno que quiera hacerte renunciar a tus propósitos. Pero va depender de ti si quieras traicionar lo que crees. Si sabes a donde quieres ir entonces será más fácil recorrer el camino y aunque encuentres tropiezos no vas a desistir. La vida cristiana no se escapa de este mismo principio. Es necesario padecer pruebas, tropiezos, batallas espirituales. Cuando recibes a Cristo están muchos disque amigos tratando de convencerte que lo que hiciste acabará con tu vida. Te hacen una lista de todas las cosas a las que estas renunciando. Te hablan de los placeres que ya no podrás disfrutar.

Lo que no saben es que has encontrado el propósito de tu vida. El Camino, que te conduce al Padre. Has encontrado la Verdad que te hace libre. Has encontrado la Vida porque antes estabas muerto en tus pecados. El enemigo de tu alma siempre estará tratando de hacerte dudar. Que cambies de opinión, que vuelvas atrás. Pero si estas firme en tus convicciones, si verdaderamente has creído que EL EVANGELIO ES PODER DE DIOS PARA SALVACION, SI VERDADERAMENTE VALORAS EL TESORO Y LA PERLA QUE HAS ENCONTRADO, te puedo asegurar que NADA NI NADIE TE SEPARARÁ DEL AMOR DE CRISTO. Jesús te dice NO TEMAS, CREE SOLAMENTE Y SERAS SALVO.

 Así que no permitas que ni las circunstancias, ni las personas te muevan de tus convicciones. Al igual que Pablo prosigue a la meta, al premio que aguarda por ti. Enfócate en lo celestial y no veas las circunstancias terrenales. La vida cristiana requiere de luchas, de valor, de carácter solo así te mantendrás firme. La guerra espiritual es constante y no da tregua. No hay momento para descuidarse porque en cualquier momento que abras la puerta puedes terminar herido. Por eso Pablo dijo: he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe, y lo hizo porque sabía que había una Corona de justicia que Dios le entregaría y también la entregará a los que están expectantes y fieles a su venida. Has tú lo posible por creer en tus convicciones y deja que Dios haga lo imposible por mantenerte firme en ellas.

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