Luego de tanto pasar y ver lo desastroso que estaba el garaje de mi casa, finalmente me decidí a limpiarlo. Reconozco que fue una tarea dura. Tres viajes en el carro llenos de basura, cosas viejas, y equipo inservible fueron insuficientes para deshacerme de todo lo viejo que había acumulado. A pesar de todo lo que pude tirar aun queda trabajo pendiente por hacer. Lo que aun me provoca risa es que pese a que la mayor parte de lo que tiré era viejo y obsoleto aun me tomé el tiempo de revisarlo y conservar algo de eso. Seamos realistas hay cosas que necesitamos tirar con urgencia y no lo hacemos. Conservar lo inútil es solo acumular basura. Muchas veces guardamos comida en el refrigerador que incluso ya hasta venció la fecha para consumirla y produce mal olor, pero la mantenemos guardada. Y del closet ni hablar, esta lleno de ropa y zapatos viejos que ya no usamos pero preferimos tenerlos ocupando espacio y no deshacernos de nada. Recuerdo a un amigo que conservaba unos boletos de cine de la primera cita que tuvo con una ex novia y lo gracioso es que aun le provocaba cierta melancolía cuando los veía. Pese a que le hacía daño no era capaz de botarlos. Me preguntaba ¿Por qué nos cuesta tanto desechar lo viejo? ¿Por qué nos cuesta separarnos de lo que ya no nos sirve? ¿Por qué tendemos a guardar objetos que solo nos hacen daño? ¿Por qué nos aferramos a algo o alguien pese a que no nos conviene tenerlo? ¿Por qué queremos insistir en vivir en condiciones precarias antes de tomar buenas decisiones? ¿Por qué nos cuesta tanto accionar? He pensado en al menos cuatro situaciones que no nos permiten desechar lo viejo.

El primero es porque solemos tener UNA IDEA EQUIVOCADA DE LA REALIDAD y por eso no desechamos lo inservible. En Pro 5:3-4 dice: Porque los labios de la mujer extraña destilan miel, y su paladar es más blando que el aceite; mas su fin es amargo como el ajenjo, agudo como espada de dos filos. Es decir que nos aferramos a todo aquello que inicialmente aparenta ser bueno, atractivo, interesante, pero puede traernos consecuencias tristes y muy dolorosas. Solemos conservar lo que parece bueno para nosotros porque es lo que queremos creer. Es nuestra perspectiva de ver las cosas. Nos negamos a ver la realidad. Nos basamos en que es bueno porque nos provoca satisfacción temporal, pasajera pero de antemano sabemos que cuando pasa el efecto nos encontramos con una realidad muy distinta. Ejemplo de ello es una persona que bebe licor para tener un momento de “felicidad”, ríe y a veces hasta llora, pero de antemano sabe que al día siguiente su realidad será otra. Lo mas seguro que tendrá es una tremenda jaqueca y los bolsillos vacíos y si tiene familia, tendrá una gran necesidad en casa que no podrá satisfacer por su deseo de satisfacción aparente.

En segundo lugar nos cuesta desechar lo viejo porque NO SOMOS SINCEROS. Solemos ser hipócritas con otros e incluso con nosotros mismos. Vemos algo que por mucho tiempo ya no usamos pero tratamos de convencernos que aun sirve. Creemos que todavía puede rescatarse aunque todo apunte a que el basurero es su mejor lugar. Lo mismo hacemos con una prenda vieja que con un mal habito y hasta incluso con el pecado. A veces ni de eso nos gusta despojarnos. Sabemos el daño que causa, y que nos separa de Dios, y que encima de todo su paga es la muerte, pero insistimos en conservarlo. Nos engañamos cuando decimos: todo está bien, esto no me afecta, pero es mentira. En 1Juan 1:8; 10 dice: Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros…Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

 Pero lo hacemos porque preferimos estar bajo una mentira que nos anestesia en lugar de enfrentar una verdad que nos duele. Debemos desechar lo viejo, lo inservible, lo dañino aunque duela. Algunas porciones del Salmos 51 dicen: 51:3  Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Sal 51:4  Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos; Para que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido por puro en tu juicio. Sal 51:6  He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,  Y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Tres puntos resalto de estos versos. Reconocer las faltas, aceptar que se ofende a Dios cuando pecamos, y que Dios ama la verdad en la intimidad de nuestra comunión con Él y no en la apariencia con los demás.

Espera la segunda parte….

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